Garbarino bajó la persiana: crónica de un gigante que se derrumbó

La histórica cadena de electrodomésticos entra en liquidación tras años de caída de ventas, deudas impagas y falta de inversores. Su derrumbe refleja algo más profundo: el retroceso del consumo en la economía real y el agotamiento de un modelo que ya no sostiene a las grandes estructuras comerciales

Garbarino no cerró de golpe. Se fue apagando. Lo que durante años fue una postal del consumo en la Argentina -electrodomésticos en cuotas, expansión territorial, empleo masivo- terminó diluyéndose en un proceso largo de deterioro que hoy encuentra su punto final en la liquidación judicial. Detrás de ese desenlace hay más que una mala administración: hay una economía que dejó de sostener ese tipo de negocios.

La decisión de avanzar con la liquidación total de la empresa confirma que ya no hay margen para la supervivencia. Sin acuerdo con acreedores, sin comprador y con una estructura prácticamente inexistente, lo que queda es la venta de activos para intentar cubrir una deuda acumulada que arrastra bancos, proveedores y trabajadores. El proceso incluye desde los últimos locales hasta las plantas industriales en Tierra del Fuego, hoy paralizadas y sin valor estratégico inmediato.

Pero la clave no está solo en el final, sino en el recorrido. Garbarino fue una empresa que creció al calor de un ciclo económico donde el consumo interno era el motor. Supo expandirse en la poscrisis de 2001, cuando el salario real se recomponía y el crédito al consumo empujaba la demanda. Ese modelo, basado en volumen y financiación, empezó a crujir cuando el ingreso dejó de acompañar.

En los últimos años, la caída del consumo fue determinante. Con salarios deteriorados, acceso restringido al crédito y un cambio en las prioridades de gasto de los hogares, el negocio dejó de ser viable. La venta de electrodomésticos, altamente dependiente del poder adquisitivo, fue uno de los primeros termómetros en marcar la contracción. Cuando la gente deja de cambiar la heladera o postergar la compra de un televisor, el problema ya no es micro, es estructural.

A ese contexto se sumaron decisiones empresariales fallidas, intentos de salvataje sin respaldo real y una progresiva pérdida de escala. La empresa que llegó a tener miles de empleados terminó operando con una estructura mínima, ventas marginales y stock sin rotación. Sin volumen, sin crédito y sin confianza, el desenlace era previsible.

Incluso los activos que podrían haber funcionado como tabla de salvación, como la marca, hoy están bajo incertidumbre. Su valor simbólico sigue intacto, pero el mercado ya no garantiza que ese nombre pueda reconstruirse sin un cambio profundo en las condiciones económicas que lo hicieron crecer.

El cierre de Garbarino no es un hecho aislado. Es el síntoma visible de una economía que perdió densidad en su mercado interno. Mientras algunos sectores exportadores muestran dinamismo, el consumo doméstico sigue en retroceso y con él se arrastra una red de empresas que dependían de ese flujo.

En términos de economía política, la señal es clara: no hay modelo de crecimiento sostenido sin capacidad de compra en la población. Cuando esa variable se deteriora, las empresas que viven de la demanda interna empiezan a caer una tras otra. Garbarino fue grande, pero no fue inmune.

Y así se cierra una etapa. No con un escándalo, ni con una venta millonaria, sino con un proceso administrativo que liquida lo que alguna vez fue un emblema. En el fondo, lo que se liquida no es solo una empresa: es una forma de entender el crecimiento económico que, al menos por ahora, quedó fuera de juego.

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